Opinión: No hay tiempo que perder…

Es necesario ampliar los contenidos del diálogo. Discutamos sobre ingresos y remuneraciones, pero también incorporemos otros temas relevantes.

Imagen de Ignacio Larraechea
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08 de Mayo, 2014 16:05

Qué duda cabe que el Día del Trabajo siempre es una buena ocasión para reiterar lo aprendido en las últimas décadas: el diálogo social es el camino más expedito para conciliar el crecimiento económico con el bienestar de los trabajadores. Desgraciadamente, los espacios de diálogo en Chile están profundamente dañados por la desconfianza.

El ciudadano se ha identificado con la figura del abusado, en su calidad de consumidor, de vecino y de trabajador, y la confianza en las empresas está particularmente dañada, como muestran sucesivos estudios de instituciones académicas y especialistas en estudios de mercado –tales como UDP, Adimark, entre otras.

Y tan grave como lo anterior, es la situación del otro actor relevante en el diálogo social: los sindicatos. En Chile, menos de un 10% de los trabajadores están sindicalizados y ese porcentaje es aún menor si consideramos a los trabajadores que negocian colectivamente. Es decir, los propios trabajadores  no están depositando su confianza en las entidades que deberían representar y defender sus intereses. 

¿Qué es por miedo a represalias? Hay varios casos. ¿Qué la razón es que las empresas tienen prácticas anti sindicales que terminan destruyendo o inhibiendo la creación de sindicatos? Es posible ¿Qué los trabajadores no confían en cúpulas sindicales que les parecen lejanas y manejadas por intereses partidistas? Es muy probable.

Lo cierto es que los dos principales actores del diálogo social no cuentan hoy con la confianza ciudadana suficiente y, por si fuera poco, no han logrado establecer lazos de confianza recíprocos. En ese contexto, el diálogo seguirá estando reducido a un pequeño sector empresarial “de punta”, en un extremo, mientras que en el otro, seguirá campeando la lógica del conflicto permanente: entre 2000 y 2012, el número de huelgas y de trabajadores involucrados aumentó considerablemente mientras que la duración de los paros pasó de 9 a 12 días promedio.

¿Y el resto? ¿Qué pasa con esa inmensa mayoría no sindicalizada que no pertenece a ese pequeño segmento “privilegiado” ni tampoco a aquel que se moviliza en paros y conflictos? Probablemente, es el más peligroso en el largo plazo, pues no confía ni en las empresas ni en dirigentes que los representen orgánicamente. Es en esos ambientes de donde pueden surgir con mayor fuerza conflictos “salvajes”, conducidos por líderes circunstanciales, capaces de “canalizar” el malestar creciente por las desproporcionadas desigualdades en ingresos y de calidad de  vida.

El llamado es entonces a que empresas y sindicatos muestren al país que son interlocutores que se respetan entre sí, que son capaces de llegar a acuerdos que buscan mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y trabajadoras a la vez que aumenta la competitividad de las empresas, y para esto es crucial una profunda revisión de las actitudes, las creencias y las prácticas de ambos interlocutores, desechando el lenguaje de la descalificación y reemplazándolo por una auténtica valoración del diálogo y la escucha.

Es necesario ampliar los contenidos del diálogo. Discutamos sobre ingresos y remuneraciones, pero también incorporemos otros temas relevantes. El cuidado del medio ambiente no puede ser tema exclusivo del Estado, sino que una preocupación cada vez más crucial para la viabilidad de las empresas y de las comunidades con una mirada a largo plazo. Abordemos la realidad en la situación laboral de las mujeres, de las  etnias, de los migrantes, de los homosexuales y de las personas con capacidades diferentes: problemáticas urgentes en una sociedad que ya no tolera el abuso en ninguna de sus formas; estas demandas también deben ocupar un lugar central en la agenda de ese diálogo, porque ya no hay más tiempo que perder en materia de valoración de diversidad e integración.

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