Opinión: El pensamiento amordazado

Permitir que la discusión en torno a temas esenciales como la salud, las pensiones, la habitabilidad de nuestras ciudades o la contaminación sigan en manos de economistas, parlamentarios y los llamados “expertos” es una claudicación inaceptable.

Imagen de Vivian Lavin Almázan
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24 de Mayo, 2014 08:05
FOTO: Galería Flickr (cc) mig rod

En la España de fines de los años 20, se miraba con admiración a las instituciones secundarias inglesas y a la enseñanza superior alemana como faros educativos, de la misma manera cómo hoy nosotros miramos a esos mismos referentes y otros cercanos, a la hora de hablar de educación.

Que las instituciones inglesas secundarias eran ejemplares, que la ciencia alemana era un prodigio y sus universidades un modelo. Los españoles se daban perfecta cuenta, igual que nosotros hoy, casi cien años después, que hay naciones que han sabido hacer de la educación una tarea de excelencia.

Imbuido en este ambiente de cuestionamiento, el pensador español José Ortega y Gasset dictó una conferencia en la Universidad de Madrid, cuya actualidad nos refresca y orienta, cuando hay quienes aún no tienen claro que la lucha que hoy se libra sobre la educación va mucho más allá de la educación misma, o de la educación entendida solo como el proceso que se vive al interior del aula.

Perspicaz y desprejuiciado, lúcido y fundamental, Ortega y Gasset habló claro frente a su audiencia académica que no se contenía en elogios hacia los ejemplares procesos educativos ingleses y alemanes, y ante la perplejidad de la nata intelectual madrileña señaló: “Esto nace de un error fundamental que es preciso arrancar de las cabezas y consiste en suponer que las naciones son grandes porque su escuela –elemental, secundaria o superior– es buena.

Esto es un residuo de la beatería “idealista” del siglo pasado. Atribuye a la escuela una fuerza que no tiene ni puede tener (…) Ciertamente, cuando una nación es grande, es buena también su escuela. No hay nación grande si su escuela no es buena. Pero lo mismo debe decirse de su religión, de su política, de su economía y de mil cosas más. La fortaleza de una nación se produce íntegramente. Si un pueblo es políticamente vil es vano esperar nada de la escuela más perfecta. (…) La escuela como institución normal de un país, depende mucho más del aire público en que íntegramente flota que del aire pedagógico artificialmente producido dentro de sus muros. Solo cuando hay una ecuación entre la presión de uno y otro aire la escuela es buena”.

El planteamiento de Ortega y Gasset es de tanta sensatez que cae de madura. ¡Cómo seguir insistiendo en una educación pública, gratuita y de calidad si es que no tenemos medios de comunicación que reflejen el pensamiento de nuestros lúcidos pensadores!

Porque de la misma manera cómo este polémico ensayista le hablaba a la academia de manera frontal y combativa, lo hacía desde el diario en su permanente prédica por un “socialismo liberal como único recurso contra la injusticia social, contra el retraso intelectual, contra la inconsistencia de una democracia fraudulenta”, como lo recuerda su biógrafo Jordi Gracia.

Lo impresionante es que Ortega tenía entonces 25 años de edad, y aunque luego cayó en el desengaño y el escepticismo, su pensamiento de entonces es como si nos lo estuviese diciendo a los chilenos del año 2014.

Permitir que la discusión en torno a temas esenciales como la salud, las pensiones, la habitabilidad de nuestras ciudades o la contaminación sigan en manos de economistas, parlamentarios y los llamados “expertos” es una claudicación inaceptable. Cuando disponemos de combativos filósofos, sociólogos, periodistas, escritores, matemáticos y médicos de pensamiento claro y hablar lucido para el debate. Incomprensible que cuando la tecnología de la información dispone de recursos antes impensados para la fluidez de los contenidos tengamos a nuestros propios “Ortegas” amordazados.

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