El intelecto y la inteligencia verdadera

El afán por aumentar la personalidad es un afán intelectual que no tiene nada en común con la inteligencia verdadera que es el Logos, la consciencia divina desvelada.
Imagen de Juan Lama Ortega
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22 de Octubre, 2012 16:10

El intelecto es fruto de la educación y comprende formas de pensamientos que rodean al hombre intelectual como satélites que le influencian cuando piensa y habla conforme a estas vibraciones.

Los hombres con pocas aspiraciones espirituales o que viven a gusto en lo mundano, cuidan generalmente de su personalidad, también se esfuerzan afanosamente por guardar su ego, mantenerlo, apoyarlo y ampliarlo mediante el intelecto educado. El afán por aumentar la personalidad es un afán intelectual que no tiene nada en común con la inteligencia verdadera que es el Logos, la consciencia divina desvelada.

Cosas iguales siempre vuelven a atraerse y se motivan mutuamente. Los hombres del espíritu son conducidos por el Logos, por la consciencia suprema, mientras que los hombres del mundo son guiados por el mundo, por las formas de pensamientos que les rodean. Por eso los hombres que viven con el mundo, cuyo afán intelectual está completamente dirigido al mundo, son inspirados por sus propias formas de pensamientos que han creado y van creando mediante su pensar humano y egocéntrico. Es esencial separar el intelecto de la inteligencia, pues el intelecto no es la Sabiduría divina, sino que representa conocimientos adquiridos, aprendidos de forma rutinaria, algo superpuesto que no ha crecido desde la consciencia divina, sino que, como ya se ha dicho, ha sido adquirido. La inteligencia divina es sin embargo el Logos, la consciencia del alma, la Ley, Dios. Cuanto más pura es el alma, tanto más surge la consciencia, Dios, la inteligencia divina, que entonces inspira al hombre y le conduce a la verdadera grandeza y sabiduría internas.

La inteligencia divina en el hombre, la consciencia abierta del alma, no necesita la máscara externa. El hombre que vive en la consciencia divina no tiene que buscar conocimientos. El es conocedor, pues ya ha encontrado la verdad, su naturaleza divina. El que se haya acercado a su naturaleza divina mediante una vida consciente, orientada hacia la inteligencia suprema, mediante la realización de las Leyes Sagradas, no tiene mucho intelecto, pero sí mucha sabiduría. El está por tanto en la culminación de su vida.

Los hombres del espíritu que se encuentran en el cumplimiento de su vida, personificarán también en lo externo el Amor y la Sabiduría de Dios. No están bajo ninguna opresión humana, porque personifican los atributos de la vida desinteresada en sus pensamientos, palabras y obras.

La vida de un hombre espiritual es armonía. Sus movimientos y gestos, todo su comportamiento, su sonrisa, su manera de ser ágil y alegre, el mundo también lo llama encanto, son los movimientos de un alma pura en el hombre, que está cerca de la meta del Ser Divino, de la armonía plena.

Los hombres del espíritu no son perezosos ni aburridos, sino que son activos, porque Dios es naturaleza dinámica. Por tanto, son hombres dinámicos, activos, que viven, piensan y trabajan conscientemente desde la armonía.

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