Rafael Correa: El Presidente Seductor

La presencia mediática y las políticas del gobierno correísta, sólo son una manifestación palpable, contundente, de lo que realmente las motiva: el carisma de su líder y la voluntad de cambio.

Imagen de Jorge Sánchez de N
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14 de Mayo, 2011 00:05

La primera vez que escuché sobre Rafael Correa, fue en un documental acerca de los líderes de la izquierda latinoamericana, donde lo tildaban  como el “presidente seductor”. El apodo me causó gracia, tanta que –con mi amigo Martín– nos reímos de buena gana, justo en medio del cine. En ese momento nos quedamos en lo cosmético, en el paradigma de la belleza de ojos verdes y tez morena, sin entender a qué venía el adjetivo “seductor” en la banda de un presidente.  Un año después, viviendo en Ecuador, comprendo el por qué. A la distancia, tras el cerco informativo, era muy difícil saberlo. 

Correa ha encandilado a los ecuatorianos: para bien o para mal, todos hablan de él. En la boca de un quiteño, la palabra Correa se pronuncia, por lo bajo, 7 veces a la semana. Su presencia mediática, tan cuestionable para algunos, y sus políticas, incitan aquel fenómeno de discusión colectiva que cualquier democracia u opinión pública se quisiera para sí (ocurre que en muchos países “democráticos”, los ciudadanos siempre “están de acuerdo” o se dejan arrastrar por la corriente, puesto que no les interesa o son indiferentes a los temas de interés común). 

Sin embargo, la presencia mediática y las políticas del gobierno correísta, sólo son una manifestación palpable, contundente, de lo que realmente las motiva: el carisma de su líder y la voluntad de cambio. Max Weber definió el carisma como un tipo de poder según el cual un individuo influye en las decisiones de otro. En efecto, Correa influye en las elecciones del pueblo que dirige, guiándolo hacia el cambio, hacia el camino que él –y una mayoría  ciudadana– avizoran como el más humano.

Es cierto, el “presidente seductor” se roba la película, aparece, le dan tribuna, pero su finalidad no es figurar, no es ser un showman ni continuar el libreto de Abdalá Bucaram, sino que transmitir y convencer a sus compatriotas de seguir adelante con la legítima revolución que inició hace menos de un lustro.  

En ese sentido, nadie podría decir que Correa es un político mezquino o un mediocre que se contenta invitando fritadas en el Palacio de Carondelet. Por el contrario, pretende llevar sus ideas a la práctica, quiere hacer (y deshacer). Y para hacerlo, luego de haber creado una nueva Carta Constitucional, ahora busca desconcentrar la economía y los medios de comunicación –astillas de un mismo palo–, e imponer justicia, precisamente, en la Justicia.

El referéndum y la consulta popular del pasado sábado, en la cual participaron más de 11 millones de ecuatorianos,  van en esa dirección. Correa se ha rebelado contra el sistema, contra las lógicas que imperan en el actual modelo de vida. He ahí su carisma, su magnetismo, su seducción. En lo personal, espero que esta columna logre sortear el cerco informativo y llegue a las manos de mi amigo Martín, justo en medio del cine.

FOTO: http://es.wikipedia.org/

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